Vacca

2024: VOL

2024

Centre d’Art la Panera · Església romànica de Sant Martí

SENTENCIAS ACÚSTICAS DE VICENS VACCA.

Eeeeeoooooooooh!!

Aquel hombre beckettiano que levantaba el brazo en la penumbra, en la sola presencia de una voz que llegaba de la nada para hacerle compañía, se reaviva a sí mismo (y a nosotros en su interior) en la soledad extrema que nos produce la experiencia de FLY. Porque la experiencia acústica de esta pieza se agota en el mismo instante de su inicio en tanto que todo lo que podría decir y que podríamos escuchar ante ella, queda dicho simultánea y manifiestamente en cualquiera de los
fragmentos que la componen aunque ninguno de ellos se proponga desde ningún tipo de autoridad o de instancia moral limitadora de nuestra realidad como sujetos individuales. Por esta razón se puede entender FLY, en su autismo, como un lugar de bloqueo total de los accesos que nos podrían acercar a alguna forma de verdad y es la utilización del espacio acústico lo que hace que se ejecute la construcción de ese lugar en el que quedamos atrapados en estado de desposesión total.

Hay, pues, que afrontar FLY activando en nuestra conciencia, desde la inevitable repetición pautada por Vacca, toda una serie de soledades que en realidad se podrían resumir en una única. Hacerlo, juguetear a construir una sola, a condensar la totalidad de las experiencias de estas soledades en una sola, una única soledad extrema, nos permitiría la aceptación de la dimensión cósmica de los silencios, los hiatos, en la estructura temporal de la pieza. Porque es la autoreferencialidad congénita del silencio la que se expande como un tejido sobre esta obra, abrazándonos en ella y sometiéndonos a la convivencia con todos aquellos otros “yo” que contenemos, estableciéndola en un lugar que se define en el sinsentido, un lugar alejado de toda posibilidad cierta de obtenerlo. Si hay algo muy intenso en la experiencia de FLY es precisamente el hecho que hay que afrontarla lejos de la búsqueda de una causa original que, de existir, la acercaría trágicamente a las condiciones de lo creado, de lo hecho por la mano de Dios, cuando FLY es sobre todo una construcción genuinamente humana.

FLY se convierte así en la figura de uno de nuestros “yo”, el más marginal, marginal incluso en relación consigo mismo. No es la excrecencia pero es, sin embargo, la mosca esquizofrénica que la produce. Las sentencias que se recitan como jaculatorios no pueden modificar este hecho. FLY ocupa un espacio de vuelo, el de este insecto molesto, que en su volar multidireccional, nos contagia el deseo de querer volar, i que al final, nos sitúa en una tautología que se resuelve en el querer querer, (él) quiere querer. Y es en la aparición de este sujeto elíptico, el Él, es en la voz de ese él que surge (Vacca), que las sentencias que componen FLY aparecen como el resonar de una memoria que había quedado completamente oculta en nuestro deseo de querer escuchar a cualquier precio, incluso en lo absurdo,
el más completo absurdo, en el absurdo absoluto. Escuchar lo absurdo es algo parecido a querer volar dentro del espacio de un sonido que no procede de la realidad sino del territorio de la ficción absoluta, poblado de figuras “otras” que también quieren volar desde su manera de ser: blancas o negras. En medio quedamos nosotros, bañados en un sudor frío, suspendidos en un lugar que es el “no lugar”, en grisalla, descoloridos, habitantes de esa pesadez que nos invade cuando el exceso de bebida nos colapsa.

Nos embriagamos, pues, con los blancos y los negros, nos enfrentamos al montón de trabajo que supone acercarnos a una obra seductora que nos vacía de sentido mientras se vacía también a ella misma. Escuchamos la voz sentenciosa de FLY, la introvertimos, quedamos perdidos en su “no lugar” y nos abonamos a esta pérdida: no queda margen estético ni filosófico para alzarnos en un vuelo que no sea vertiginoso. La cadencia de la voz de Vacca es el único refugio del que disponemos para
aliviar los daños de la caída que nos sobrevendrá. Quedaremos atrapados entre los blancos y los negros y sus caprichos combinatorios que impedirán que arraiguemos en ninguno de sus presupuestos. Quedaremos atrapados entre la chatarra de las palabras y las notas, -accidentados- quedaremos aplastados como una mosca asesinada con el golpe seco del diario del día y que caerá al suelo en otro vuelo corto definido por la inconsciencia y la insensibilidad propia de los cadáveres.

Ahora es preciso reflexionar un poco más sobre este modelo de defunción porque antes hemos afirmado que el acontecimiento surge, no de la realidad, sino de la ficción. Es decir, que se trata de un modelo extremadamente sólido en tanto que en el teatro del mundo (lo sabemos como mínimo desde el Barroco) todos los personajes toman su hábito blanco o negro, todos participan de alguna cofradía que se desarrolla alrededor de la voluntad de decir lo que no se puede decir desde ninguna forma de lenguaje. Son charlatanes mudos, actores inmóviles, supervivientes del drama de la representación. Así, toda esta cantinela de Vacca nos hace sufrir porque es un silencio a gritos como el de aquellos versos de Char: “no sé cómo callar, no sé cómo gritar”. Aunque hay que aceptar que Vacca recita con una gran frialdad y calma, no podemos ahorrarnos el temblor del no comprender, del no comprender que lo que nos llega está invadiendo nuestro espacio y que nos arrastra hacia un lugar parcial, interesado, que es el que quieren ocupar todas las buenas obras de arte y que nos permite convertirlo en un verdadero lugar de experiencia.

Pero sucede que nosotros sólo queríamos volar porque alguien nos decía que otro lo estaba haciendo. Es una paradoja y un misterio que las obras de arte produzcan en nosotros un sentimiento cercano al de la fe, que es siempre, y naturalmente, una forma de engaño. Creer que alguien te habla para afirmar que alguien, blanco o negro, quiere*, vuela o quiere volar es una decisión que en el contexto de la recepción de esta obra es imprescindible. Hay que creerlo para sobrevivir al acta de defunción que se configura y tener seguidamente la oportunidad de pensar que ya no somos parte del espacio de la representación, que permaneceremos vivos en el interior de nosotros mismos, aquel lugar oscuro desde el que alguien nos grita tantas veces que los blancos y los negros quieren volar.

Pep Agut
Marzo de 2019

* “quiere”= “vol” en el original. En catalán, “vol”, significa indistintamente “quiere”o “vuela” y en esta ocasión se hace intraducible.
(Nota del traductor: La tercera persona de los verbos volar y querer, en catalán se escriben de la misma manera: volen).